El triunfo es una palabra con bastantes significados que en nuestros días solo se acostumbra a leer aplicándole el registro numérico: se triunfa si llegas a muchas personas. Si tomamos esta aproximación, ayer, en la primera jornada del Sónar integrado, podía decirse que triunfó el dj y productor irlandés Kettama, quien en su escenario Village, a medianoche, reunió a una multitud danzante a la que sacudió una buena dosis de techno y techno-house divertido, poderoso, comercial y festivo, idóneo para completar el menú que previa ingesta de hedonismo provocó las primeras imágenes tópicamente festivaleras del certamen. Pero si triunfar es mantener tus postulados estéticos incluso de espaldas al mundo, reivindicar tu propia estética y revisitarla no como quien desempolva al abuelo para que nos hable de la guerra de Ifni, el verdadero triunfador del jueves en el festival tiene nombre, Cabaret, y apellido, Voltaire. Suyo fue el concierto más sugestivo, el que más hizo pensar y el que demostró que las estéticas pueden pasar de moda, no así sus consecuencias y legado.
Con un concierto austero, preciso y oscuro, el grupo casi vacía su escenario en la primera jornada del festival
El triunfo es una palabra con bastantes significados que en nuestros días solo se acostumbra a leer aplicándole el registro numérico: se triunfa si llegas a muchas personas. Si tomamos esta aproximación, ayer, en la primera jornada del Sónar integrado, podía decirse que triunfó el dj y productor irlandés Kettama, quien en su escenario Village, a medianoche, reunió a una multitud danzante a la que sacudió una buena dosis de techno y techno-house divertido, poderoso, comercial y festivo, idóneo para completar el menú que previa ingesta de hedonismo provocó las primeras imágenes tópicamente festivaleras del certamen. Pero si triunfar es mantener tus postulados estéticos incluso de espaldas al mundo, reivindicar tu propia estética y revisitarla no como quien desempolva al abuelo para que nos hable de la guerra de Ifni, el verdadero triunfador del jueves en el festival tiene nombre, Cabaret, y apellido, Voltaire. Suyo fue el concierto más sugestivo, el que más hizo pensar y el que demostró que las estéticas pueden pasar de moda, no así sus consecuencias y legado.
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