Flávio Bolsonaro, senador e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, fue el candidato más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, con el 47% de los votos válidos frente al 45% del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. El senador llega como favorito a la segunda vuelta del 25 de octubre.
Un triunfo del candidato afín a Trump cambiaría la relación con Washington menos de lo que parece
Flávio Bolsonaro, senador e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, fue el candidato más votado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, con el 47% de los votos válidos frente al 45% del presidente Luiz Inácio Lula da Silva. El senador llega como favorito a la segunda vuelta del 25 de octubre.
La aritmética lo favorece. La mayoría de los votantes de los demás candidatos, que sumaron cerca del 8%, difícilmente migrará hacia Lula, que a los 80 años busca un cuarto mandato. Otra opción para el exlíder sindical sería movilizar a parte de los 33 millones de brasileños ―21% del electorado― que se abstuvieron. El problema para Lula es que, a diferencia de un recién llegado, le costará cambiar la imagen que los votantes tienen de él: se postuló por primera vez a la presidencia en 1989 y ha desempeñado durante décadas un papel dominante en la política brasileña.
Para muchos brasileños, sobre todo los más jóvenes, Lula representa al establishment en un momento en que el rechazo a los gobiernos de turno es fuerte en toda América Latina. Ni siquiera la revelación de un gran escándalo de corrupción que involucrara a Flávio Bolsonaro cambiaría necesariamente el panorama: en mayo salieron a la luz audios en los que el senador le pedía dinero a Daniel Vorcaro, un banquero caído en desgracia y encarcelado. El escándalo hizo caer su intención de voto, pero Bolsonaro recuperó el terreno perdido antes de la primera vuelta. Eso se debe a que la dinámica central de la polarización brasileña es hoy el miedo y el rechazo al otro bando. En conversaciones con votantes de Bolsonaro en las últimas semanas, la mayoría mencionó el rechazo a Lula como una de las principales razones de su voto. Uno me dijo que votaría por un caballo si compitiera contra Lula.
El fuerte desempeño de la familia Bolsonaro en las urnas ―además de Flávio, la esposa de Jair, Michelle, y su hijo Carlos fueron elegidos senadores, y otro hijo, Jair Renan, y su hermano Renato, diputados federales― es un veredicto sobre la decisión histórica de Brasil de punir y encarcelar a Jair Bolsonaro y a varios de sus generales por el intento de golpe de Estado de 2022, cuando se negó a reconocer su derrota. Desde entonces, Brasil ha sido elogiado como ejemplo de cómo enfrentar este tipo de amenazas a la democracia, y a menudo se lo comparó favorablemente con Estados Unidos. Flávio ha prometido una amnistía para su padre y los demás condenados por la trama golpista, y, si lo hace, el caso brasileño pasará a mostrar lo contrario: que los responsables de un intento de golpe pueden quedar impunes si su grupo político gana la elección siguiente.
En Washington, un triunfo de Bolsonaro sería visto como una victoria estratégica del Gobierno de Trump, que busca ampliar su influencia en América Latina ayudando a elegir a líderes ideológicamente afines. “El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca más volverá a ser cuestionado”, proclamó el Departamento de Estado en agosto. La Casa Blanca ha logrado en buena medida inclinar la cancha electoral hacia sus candidatos preferidos. En Argentina condicionó un rescate financiero multimillonario a la victoria del partido de Javier Milei en las legislativas de octubre de 2025. En Honduras, Trump hizo campaña en Truth Social por el conservador Nasry Asfura días antes de una elección que este ganó por un margen mínimo.
Esa estrategia puede generar ventajas de corto plazo, pero difícilmente producirá un alineamiento estructural y duradero con Estados Unidos, como una reducción de los vínculos de la región con China. Milei, por ejemplo, se presenta como el principal aliado de Trump en América Latina y sigue ampliando la relación con Pekín. Es una cuestión de pragmatismo económico: el comercio entre China y América Latina superó los 500.000 millones de dólares en 2024, y Brasil exporta más a China que a Estados Unidos y a la Unión Europea juntos.
La historia reciente apunta en la misma dirección. Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, Brasil cumplió los rituales del alineamiento con Washington mientras sus exportaciones a China seguían creciendo. Si gana, Flávio Bolsonaro se presentará como aliado de Trump y ampliará la cooperación en seguridad, aunque él mismo ya adelantó que su relación con China será “pragmática”. Las promesas de un alineamiento estructural ignoran la realidad económica: el agronegocio, pieza central de su coalición electoral, bloquearía cualquier intento de alejarse de Pekín.
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