
Ana Montero, de 45 años, lleva a sus hijos, de nueve y cinco, a una buena lista de extraescolares en su colegio público de Tres Cantos, Madrid. Entre ambos hacen baloncesto, yudo, robótica, inglés, yoga y música y movimiento. El mayor empezará este curso, además, ajedrez. “No los apunto a un montón de cosas porque quiera que sean los mejores en ese campo. Valoro que experimenten, tengan curiosidad y vayan probando, pero el principal motivo es la conciliación. No es fácil tener trabajos que se adapten al horario escolar, que normalmente acaba a las cuatro o cuatro y media”, afirma.
La expansión de las actividades complementarias amplía la desigualdad educativa, advierten los expertos
Ana Montero, de 45 años, lleva a sus hijos, de nueve y cinco, a una buena lista de extraescolares en su colegio público de Tres Cantos, Madrid. Entre ambos hacen baloncesto, yudo, robótica, inglés, yoga y música y movimiento. El mayor empezará este curso, además, ajedrez. “No los apunto a un montón de cosas porque quiera que sean los mejores en ese campo. Valoro que experimenten, tengan curiosidad y vayan probando, pero el principal motivo es la conciliación. No es fácil tener trabajos que se adapten al horario escolar, que normalmente acaba a las cuatro o cuatro y media”, afirma.
Montero trabaja en marketing y dirección de proyectos. Las extraescolares del colegio, que como en casi toda España empiezan en octubre, le cubren de cuatro a cinco de la tarde, que no es todo lo que necesitaría, pero sí una ayuda esencial. La mayor parte de las familias de su escuela también los llevan.
Los padres destinan 2.780 millones de euros al año a extraescolares para completar la formación de sus hijos, según un informe publicado en junio por EsadeEcPol con datos del curso 2023-2024. Una cifra enorme que no incluye las actividades prestadas dentro de los colegios por empresas y trabajadores autónomos, que cumplen una función estructural por el choque entre una realidad laboral que exige a muchos progenitores trabajar por las tardes y un horario escolar que se va acortando. Esto último, a consecuencia de la expansión de la jornada continua ―que concentra las clases por la mañana― y de que muchas escuelas con horario partido terminan ahora hacia las 16.00, una hora antes de lo que solía ser habitual.
Las comunidades autónomas, al eliminar las clases por la tarde o permitir que los centros lo hicieran, establecieron extraescolares gratuitas para que las familias que lo necesitaran pudieran seguir recogiendo a sus hijos a las 17.00, recuerda María Sánchez, presidenta de la confederación de asociaciones de familias (ampas) de la escuela pública Ceapa. “En algunos lugares eran los propios docentes quienes se encargaban de ellas, turnándose para quedarse por la tarde. Pero eso prácticamente ha desaparecido. En el mejor de los casos, la Administración ofrece actividades como biblioteca o supervisión de deberes, a las que casi nadie se apunta, porque las extraescolares que ofrecen las ampas son más atractivas”, afirma Sánchez, cuyos hijos estudian en Toledo. El abanico de posibilidades ha aumentado mucho, prosigue. “Antes había fútbol para los chicos y patinaje para las chicas, pero ahora en muchos colegios se puede elegir entre distintos deportes, idiomas, arte y tecnología”.
Una de las consecuencias de sustituir horas de escuela por horas extraescolares, según los investigadores, es un aumento de la desigualdad educativa, como señala Daniel Gabaldón, profesor de Sociología en la Universidad de Valencia. “Los alumnos acceden a una actividad u otra, si es que acceden, en función de la renta familiar. Las gratuitas de la Administración suelen ser muy básicas, casi como una guardería de primaria, y muchas veces las llevan los propios monitores del comedor. Personas que conocen a los niños y se manejan bien con ellos, pero sin que haya una propuesta pedagógica potente detrás. La demanda de estas extraescolares se ha ido reduciendo, salvo en centros con alumnado vulnerable, donde las familias valoran mucho la ampliación de horario de atención a los niños”, dice Gabaldón, que ha investigado las jornadas escolares.
Las familias que pueden permitírselo, en cambio, eligen las extraescolares del ampa o las que ofrece el mercado fuera de los colegios. “Y para las que tienen más recursos, hay incluso academias que recogen a los niños en el centro y los llevan a sus instalaciones”, agrega el sociólogo.
La gestión de las extraescolares recae generalmente en madres voluntarias del ampa (cuyo nombre oficial en muchos colegios es ahora afa). Un quebradero de cabeza que suelen asumir por una combinación de militancia por la educación pública y preocupación por la calidad de unas actividades a las que también van sus hijos. “En abril lanzamos una encuesta a las familias preguntándoles qué quieren y en qué horario. Y lo más complicado es que la gente conteste en plazo. Las empresas necesitan saber, llegado un punto, qué actividades van a salir. Y si todas las familias lo dejan para el último minuto, que suele ser un domingo, es una locura”, comenta Carolina del Cerro, empleada de banca de 45 años, cuyos tres hijos estudian en un colegio público del norte de Madrid.
En algunos centros, como el de Maite Franco en Pamplona, han implantado fianzas para evitar el caos que generan los padres que se descuelgan de las extraescolares a última hora y con los grupos ya cerrados. “Se cobran 50 por actividad, que se descuentan de las cuotas mensuales de final de curso. Para las que estamos en el ampa supone más trabajo, pero al menos garantiza un mínimo de compromiso por parte de las familias”, afirma.
Otra batalla que afrontan Franco y sus colegas en la mayoría de los colegios cada curso es mantener unos precios muy ajustados para que resulten accesibles al mayor número de alumnos. Un objetivo que la inflación de los últimos años ha complicado.
Las empresas especializadas tienen a favor las economías de escala y el hecho de que el espacio lo ponga el colegio. “Tengo 70 monitores y les pago mejor que muchas academias porque, aunque gano muy poquito con cada chaval que se apunta, trabajo con un volumen gigante y me echo a la espalda gran parte de las tareas de gestión”, dice Víctor Sorlí, que fundó hace 15 años Educavik y ofrece 33 tipos de actividades en una docena de colegios de Valencia; de balonmano a talleres de cocina. Como otras empresas del sector, Sorlí organiza extraescolares a demanda. Si en un colegio quieren una de cómic, por ejemplo, él busca quién puede hacerla y la monta. “Llevo ya tantos años que no necesito poner anuncios. Trabajo casi exclusivamente con personas que conozco o me llegan recomendadas. Para trabajar con niños no me gusta contratar a desconocidos”.
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