El arquitecto Carles Dolç ha muerto este viernes en su casa del centro de Valencia a la edad de 77 años. La desolación y el estupor ante su fallecimiento inesperado y repentino, tras un accidente doméstico, embargan a sus familiares, allegados y amigos. Que son muchos, porque si algo caracterizó la vida de este arquitecto humanista, ecologista, activista, político antifranquista, autor y promotor cultural fue su dedicación al bien común, a buscar cómo mejorar la vida de la gente en la ciudad que habita. Y no se trata de ninguna manoseada proclama política, vacía de contenido.
El autor de libro ‘Del Saler al Túria’ e hijo predilecto de Valencia fallece a los 77 años
El arquitecto Carles Dolç ha muerto este viernes en su casa del centro de Valencia a la edad de 77 años. La desolación y el estupor ante su fallecimiento inesperado y repentino, tras un accidente doméstico, embargan a sus familiares, allegados y amigos. Que son muchos, porque si algo caracterizó la vida de este arquitecto humanista, ecologista, activista, político antifranquista, autor y promotor cultural fue su dedicación al bien común, a buscar cómo mejorar la vida de la gente en la ciudad que habita. Y no se trata de uninguna proclama política, vacía de contenido.
La intensa relación que estableció con los vecinos del conjunto de viviendas obreras del siglo XIX de la calle Na Jordana de Valencia para lograr una muy difícil convivencia con los complejos y largos trabajos de rehabilitación es una prueba de ello. Su empeño por abrir un espacio sociocultural en el entonces estigmatizado barrio de Velluters, como Ca Revolta, es otra. Los ejemplos son numerosos, desde que participó activamente en los movimientos ciudadanos que consiguieron romper el yugo del franquismo para impedir que el antiguo cauce del río Turia se convirtiera en una playa de carreteras y El Saler, en una macrourbanización para privilegiados.
Dolç y otros activistas no suelen protagonizar los titulares de las noticias. O sí, pero como parte de un colectivo. Son de esa clase de personas que han posibilitado una ciudad más humana, más habitable, menos agresiva; que han cambiado cosas que parecían destinadas a otra función por designio del poder.
A la mayoría de los que corren o pedalean hoy por el Jardín del Turia no les sonará su nombre y habrá a quien se le escape una mueca de desdén si conociera su militancia política en la izquierda (en el Movimiento Comunista) y su inquebrantable compromiso social, pero, muy probablemente, no estarían disfrutando de la misma ciudad sin su persistente lucha y la de otros compañeros de viaje como él.
Hijo predilecto de la ciudad desde 2015, autor del libro Del Saler al Túria (Pruna Llibres/Alfons el Magnànim), Carles Dolç fue miembro de Salvem el Cabanyal (barrio ahora de moda, bajo la amenaza de la gentrificación, tras el intento fallido de partirlo), de Salvem el Botànic (ya crece la vegetación donde se quería levantar un hotel), de Per l’Horta y de otros salvem vecinales. Fue también uno de Els deu d’Alaquàs, los activistas detenidos en 1975 durante una reunión clandestina para impulsar las libertades democráticas y el autogobierno.
Observador, serio, de carácter reservado y nada jactancioso, admirador de la austeridad arquitectónica de Alvar Aalto y de su obra humanística, con criterios medioambientales, Dolç también ha dejado una huella indeleble en la ciudad de Valencia como arquitecto, en colaboración con Núria Sanfélix. Son los responsables de las rehabilitaciones del edificio de El Siglo, sede de Octubre Centre de Cultura Contemporània, y del palacio gótico de Joan Valeriola, donde tiene su sede la Fundación Chirivella Soriano, además de su estimado Ca Revolta, entre otras intervenciones.
En una entrevista con este periódico, sintetizaba hace 10 años su ideario como arquitecto humanista: “Parte de un criterio de servir a lo público y a las personas. Y ese criterio, que debe orientar el trabajo de todos los profesionales, significa trabajar sobre aspectos materiales de la vida de la gente. La participación del usuario en la arquitectura y en el urbanismo es una condición ineludible y una de las características de esa teórica arquitectura humanista. Hay una larga tradición”. Carles Dolç forma parte indisociable de ella.
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