
Cuando hablabas con la Dolors Oller, no podías evitar mirarle a los ojos, pequeños y escondidos detrás de unas ojeras redondas que le daban un aire de intelectual francesa de los años setenta. Sentías que te escrutaba del mismo modo que lo hacía cuando leía un poema de Josep Carner, o comentaba un cuadro de su compañero Narcís Comadira, o contemplaba un paisaje de la Toscana, o probaba un plato de la cocina tradicional de Mallorca. No era una mirada ni vigilante ni profesoral, al contrario: solo quería comprender, quería encontrar un sentido a aquello que le dijeras, entender lo que leía, interpretar bien aquello que veía. Era esta exigencia crítica la que la dominaba siempre, la que la llevó a lo largo de su vida a ser una lectora lúcida e inteligente y una apasionada profesora de literatura (en Girona, en la UAB y, finalmente, en la UPF) con una insólita capacidad de entusiasmar con todo lo que explicaba.
Fue una lectora lúcida e inteligente y una apasionada profesora de literatura
Fue una lectora lúcida e inteligente y una apasionada profesora de literatura

Xavier Pla
Cuando hablabas con la Dolors Oller, no podías evitar mirarle a los ojos, pequeños y escondidos detrás de unas ojeras redondas que le daban un aire de intelectual francesa de los años setenta. Sentías que te escrutaba del mismo modo que lo hacía cuando leía un poema de Josep Carner, o comentaba un cuadro de su compañero Narcís Comadira, o contemplaba un paisaje de la Toscana, o probaba un plato de la cocina tradicional de Mallorca. No era una mirada ni vigilante ni profesoral, al contrario: solo quería comprender, quería encontrar un sentido a aquello que le dijeras, entender lo que leía, interpretar bien aquello que veía. Era esta exigencia crítica la que la dominaba siempre, la que la llevó a lo largo de su vida a ser una lectora lúcida e inteligente y una apasionada profesora de literatura (en Girona, en la UAB y, finalmente, en la UPF) con una insólita capacidad de entusiasmar con todo lo que explicaba.
El punto de partida siempre era el mismo: hacerse preguntas. ¿Por qué este poema de Carner es tan bueno? ¿Por qué los versos de Boira de Gabriel Ferrater nos emocionan tanto cuando por fin los entiendes? ¿Por qué Josep Pla frena su realismo lírico en este fragmento de su obra? ¿Por qué este poema de Baudelaire dialoga con Ausiàs March? ¿Por qué este cuadro de Cézanne es como un poema? La lectura, para Dolors, siempre fue una operación intelectual que tenía que dar sentido al texto, y probablemente el libro La construcción del sentido (1986) es la gmejor muestra. Para responder, se armó de toda la terminología teórica y crítica de la segunda mitad del siglo veinte: los formalistas rusos y los estructuralistas franceses, la estética de la recepción, la semiótica y la teoría del signo. Y supo recurrir a los nombres de Jakobson, Hjelmslev, Umberto Eco, Roland Barthes y de tantos otros que ella misma contribuyó a divulgar entre nosotros.
Pero, por encima de todo, seguía el ejemplo de Gabriel Ferrater y su hermano Joan, una maestría que impactó en toda una generación (Salvador Oliva, Francesc Parcerisas, el mismo Comadira y tantos otros) que se encontraba huérfana de maestros y de los referentes intelectuales que la dictadura franquista había cortado brutalmente. Igual que los dos hermanos, Dolors se encaraba con el poema, convertido en un objeto estético, para hacerlo suyo. Buscaba entenderlo en todas sus dimensiones como una formalización de una experiencia, como una objetivación de una forma subjetiva. Se enfrentaba desprovista de prejuicios ideológicos o de apriorismos metodológicos. Y abocaba toda su preparación intelectual, fundamentada en el análisis lingüístico y estilística, en la reflexión sobre los mecanismos verbales y los esquemas imaginativos.
Cuando Dolors cogía un poema de J. V. Foix, o de Joan Vinyoli, y aplicaba toda esta reflexión, que complementaba con un conocimiento anchísimo de la poesía catalana y de todas partes, al final parecía que, efectivamente, todo tomaba sentido como en un tipo de epifanía. Entonces, primero sonreía alegremente y soltaba una risotada contagiosa y maternal. Después, explicaba alguna anécdota sobre Montserrat Roig, gran amiga de juventud, o sobre la entrevista que hizo a Romanyà con la enigmática Mercè Rodoreda. Hasta que miraba a Narcís, dispuesta a compartir un vermut italiano o a abrir una botella de Borgoña, convencida como estaba de que la poesía solo tiene sentido para celebrar la amistad, la felicidad y la belleza del mundo.
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