
El mundo parece decirnos que tenemos que trabajar más. Tenemos que hacerlo porque tenemos que cobrar más y necesitamos cobrar más para comprarnos más cosas. Porque tener cosas es genial. Tener cosas nos hace felices, exitosos, nos hace personas de bien. Por eso el trabajo dignifica, al parecer, porque tener cosas dignifica muchísimo. Te dignifica el coche de nosecuantos caballos que no vas a usar para ir a ningún lado, la tele gigante del salón frente a la que te vas a quedar dormido y el viaje nosedonde que solo vas a vivir a través de tus propios stories de Instagram. Hay que trabajar mucho y mejor para ganar mucho y mejor para tener muchas y mejores cosas. Este es el sistema que nos hemos montado. Un sistema en el que la felicidad está intrínseca e incuestionablemente relacionada a la producción. Quién produce, quien trabaja, tiene la posibilidad (aunque no la certeza) de ser feliz.
Un hijo te obliga a columpiarle en el parque. Te obliga a dejar por contestar esos mails y a no coger esas llamadas porque le estás columpiando 
El mundo parece decirnos que tenemos que trabajar más. Tenemos que hacerlo porque tenemos que cobrar más y necesitamos cobrar más para comprarnos más cosas. Porque tener cosas es genial. Tener cosas nos hace felices, exitosos, nos hace personas de bien. Por eso el trabajo dignifica, al parecer, porque tener cosas dignifica muchísimo. Te dignifica el coche de nosecuantos caballos que no vas a usar para ir a ningún lado, la tele gigante del salón frente a la que te vas a quedar dormido y el viaje nosedonde que solo vas a vivir a través de tus propios stories de Instagram. Hay que trabajar mucho y mejor para ganar mucho y mejor para tener muchas y mejores cosas. Este es el sistema que nos hemos montado. Un sistema en el que la felicidad está intrínseca e incuestionablemente relacionada a la producción. Quién produce, quien trabaja, tiene la posibilidad (aunque no la certeza) de ser feliz.
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