No lleva bata blanca, pero durante los últimos veinte años ha ido todos los días a la Fundación Jiménez Díaz. Tampoco es médico, pero asiste a una media de doce consultas al día. Los guardias y las personas que proporcionan información al paciente saben perfectamente quién es con solo preguntar su nombre en castellano, que pide que no se reproduzca para evitar represalias. También saben a qué se dedica: traduce las consultas para ciudadanos chinos que, de otra manera, se las verían y se las desearían no solo para entender a sus médicos, sino para llevar adelante todos sus trámites. Dicho de otra manera, garantiza que los chinos que viven en Madrid puedan ser bien atendidos por la sanidad pública, que en todo caso tiene sus propios traductores, habitualmente por teléfono. Cobra por ello: entre 10 y 30 euros por consulta, normalmente unos 20, dice, a una decena de pacientes diarios. Quienes le ven trabajar elevan la cifra a 50. Es decir, entre 200 y 500 euros diarios, un total de entre 1.000 y 2.500 semanales que pasan de mano en mano.
El intérprete acompaña desde hace 20 años a más de una docena diaria de pacientes asiáticos para garantizar que entienden sus tratamientos
No lleva bata blanca, pero durante los últimos veinte años ha ido todos los días a la Fundación Jiménez Díaz. Tampoco es médico, pero asiste a una media de doce consultas al día. Los guardias y las personas que proporcionan información al paciente saben perfectamente quién es con solo preguntar su nombre en castellano, que pide que no se reproduzca para evitar represalias. También saben a qué se dedica: traduce las consultas para ciudadanos chinos que, de otra manera, se las verían y se las desearían no solo para entender a sus médicos, sino para llevar adelante todos sus trámites. Dicho de otra manera, garantiza que los chinos que viven en Madrid puedan ser bien atendidos por la sanidad pública, que en todo caso tiene sus propios traductores, habitualmente por teléfono. Cobra por ello: entre 10 y 30 euros por consulta, normalmente unos 20, dice, a una decena de pacientes diarios. Quienes le ven trabajar elevan la cifra a 50. Es decir, entre 200 y 500 euros diarios, un total de entre 1.000 y 2.500 semanales que pasan de mano en mano.
Como muestra de la importancia de su trabajo, una imagen: el modo en que los sábados, a la entrada de urgencias, se amontonan los ciudadanos chinos que llegan a la Fundación en autobús desde Fuenlabrada. Van al médico, pero también buscan ser asesorados por Marcos, que se hace llamar así para no ser identificado. “Yo empiezo a trabajar a las ocho”, explica este hombre de 37 años, segunda generación de una familia china asentada en España. Tímido y discreto, prefiere definirse simplemente como alguien que facilita todo lo relacionado con la salud a muchos de sus compatriotas. Lo dice sin darse cuenta de que no es poca cosa.
La mayoría de sus clientes llegan desde el polígono industrial de Cobo Calleja. Como muchos comercios cierran los sábados, aprovechan para hacerse pruebas, acudir a consultas o resolver trámites médicos. Muchos lo hacen acompañados siempre de Marcos, cuya figura cubre una necesidad que afecta a una de las comunidades extranjeras más numerosas de la región: son 63.500 los residentes de nacionalidad china en la Comunidad de Madrid, la mayor concentración de toda España, según el INE.
Marcos nació en Italia en 1988, es hijo de inmigrantes procedentes de Zhejiang, una provincia del este de China de la que procede también buena parte de la comunidad china asentada en Madrid. Llegó de niño a España junto a sus padres y creció entre el español, el mandarín y el dialecto que se habla en su región de origen. Hoy ese dominio le permite comunicarse tanto con jóvenes nacidos en España como con personas mayores que apenas hablan unas pocas palabras de castellano.
Todo empezó en 2007. Había acudido a la Fundación Jiménez Díaz para hacerse unas pruebas de alergia cuando vio a una mujer china llorando en la puerta del hospital. Su marido acababa de precipitarse desde un octavo piso mientras trabajaba en una obra y estaba ingresado en Traumatología. Como apenas hablaba español, la mujer buscaba a alguien que pudiera ayudarla a entender qué estaba ocurriendo. Marcos decidió acompañarla. Subió con ella a la planta, habló con los médicos y tradujo la conversación. Después, también la acompañó al despacho del abogado que llevaba la reclamación por el accidente laboral. Aquella ayuda improvisada terminó cambiándole la vida.
Por entonces, estudiaba Farmacia y había empezado a formarse en traducción sanitaria en la Universidad de Alcalá. A raíz de aquel episodio descubrió una necesidad. Así, lo que comenzó como un favor puntual acabó convirtiéndose en una profesión. Casi veinte años después, sigue recorriendo los mismos pasillos. En ese tiempo, ha visto pasar generaciones enteras de médicos residentes. “Los he visto crecer. Desde R1 hasta adjuntos”, cuenta mientras vapea con una mano y rechaza llamadas de pacientes en el reloj inteligente.
La existencia de profesionales como Marcos responde, por otra parte, a una necesidad que distintas asociaciones de migrantes llevan años señalando: la falta de servicios estables de interpretación en la sanidad madrileña para pacientes que no dominan el español. Al principio, Marcos anunciaba sus servicios en una página web frecuentada por ciudadanos chinos. Ahora, ya no necesita poner anuncios porque los clientes le llegan del boca a oreja: “Los chinos son muy cerrados. Siempre preguntan a familiares o conocidos antes de acudir a alguien”, explica. Conoce tan bien los circuitos hospitalarios que puede orientarse por ellos con los ojos cerrados, lo que le permite orientar a sus clientes también en el engorroso mundo de las gestiones administrativas.
El precio no depende del tiempo que pasa sentado junto al paciente dentro de la consulta, sino de toda la gestión previa y posterior. “No son solo cinco minutos con el médico”, explica. “Si una persona va a ser operada, tengo que explicarle cómo prepararse, llamar para preguntar cuándo es la intervención y gestionar documentación. Muchas veces me autorizan para hacerlo todo porque ya me conocen”. En algunos casos, no cobra directamente al paciente, sino que pasa la factura a asociaciones chinas que contratan sus servicios para ayudar a personas con dificultades lingüísticas.
“El sistema funciona bien con las enfermedades graves”
Durante este tiempo, ha recibido varias ofertas para incorporarse a hospitales como traductor fijo. Nunca ha aceptado. Explica que, cuando empezaron a desarrollarse los departamentos internacionales de algunos centros, quisieron contratarle para atender a pacientes chinos con alto poder adquisitivo. Pero aquello no le convencía.
Marcos rechaza por otro lado la idea de que su trabajo tenga una dimensión altruista: “No es que sea Robin Hood. A mí me contrata quien me contrata, sea rico o pobre”. Lo que sí reivindica es su independencia. Le gusta escoger a quién atiende, hablar personalmente con los pacientes antes de aceptar un encargo. No es su única condición, pues parte de su trabajo también es evitar las falsas expectativas: “Siempre les digo que a los clientes que el médico decide y que yo no puedo ni debo influir en eso”.
Solo hay dos ámbitos que evita deliberadamente. El primero es la cirugía estética: “No quiero derrochar mi tiempo para gente que solo quiere hacerse retoques”. Hace una excepción, eso sí, con las reconstrucciones derivadas de cánceres o accidentes. Y eso que las clínicas estéticas le han tentado más de una vez para que les llevara pacientes. Pero hace años que Marcos es inflexible con eso.
La otra especialidad de la que se apartó fue la interrupción voluntaria del embarazo. Relata que durante un tiempo acompañó a mujeres chinas que querían abortar en clínicas privadas, pero dejó de hacerlo cuando estas empezaron a ofrecerle dinero por recomendar determinados centros. Recuerda una propuesta de una clínica madrileña en la que le ofrecían una comisión cercana a los 180 euros por paciente. “Era cobrar por recomendar. No me gustaba”.
La experiencia acumulada durante dos décadas moviéndose entre consultas, pasillos y salas de espera también le ha permitido desarrollar una visión propia sobre la sanidad pública madrileña. A sus ojos, esta tiene luces y sombras. Cree, por ejemplo, que el sistema funciona razonablemente bien para las patologías graves, pero que puede resultar desesperante para quienes desconocen cómo moverse por él. “Si tienes algo grave, como un cáncer, no hay problema. Pero para dolencias menos graves, si no sabes cómo funciona todo, te pueden dar muchas vueltas”.
Ahí es donde reside la verdadera utilidad de su trabajo. No solo como intérprete, sino también como traductor de un sistema complejo para todos los que aterrizan desconociendo las reglas. “Muchas veces van pasando de una consulta a otra, de una prueba a otra, y al final no saben exactamente qué les ocurre. Mi trabajo es que lo entiendan”.
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