A las niñas que consideraban vírgenes, basándose en la turgencia o firmeza de sus pechos, se las exhibía completamente desnudas. Aunque la ropa era un bien escaso entre todos los prisioneros, ya fueran hombres o mujeres adultas, los traficantes desnudaban a todas las personas cautivas para inspeccionar sus cuerpos, sus dientes y así poner un valor en el mercado a cada una de ellas. Era el siglo XVIII, el XIX. Y mientras estaban en las mazmorras oscuras e insalubres, los prisioneros hacinados eran inmovilizados con fuertes cadenas que los mantenían unidos en filas.
Todo el mundo repudia la trata laboral, pero hay quien defiende la explotación sexual de mujeres amparándose en que son libres para elegir
A las niñas que consideraban vírgenes, basándose en la turgencia o firmeza de sus pechos, se las exhibía completamente desnudas. Aunque la ropa era un bien escaso entre todos los prisioneros, ya fueran hombres o mujeres adultas, los traficantes desnudaban a todas las personas cautivas para inspeccionar sus cuerpos, sus dientes y así poner un valor en el mercado a cada una de ellas. Era el siglo XVIII, el XIX. Y mientras estaban en las mazmorras oscuras e insalubres, los prisioneros hacinados eran inmovilizados con fuertes cadenas que los mantenían unidos en filas.
Cada cautivo, además, era adornado con un collar de hierro que se fijaba fuertemente al cuello para limitar aún más sus movimientos. El trato era inhumano para miles de personas engañadas y secuestradas con mentiras para ser conducidas a espacios siniestros, entre ellos, la Casa de los Esclavos de la Isla de Gorée en Senegal; pero, en el caso de las mujeres esclavizadas, además de las mismas palizas, de ser despojadas de sus pertenencias y arrastrar pesadas cadenas y candados como sus compañeros de infortunio varones, a menudo ellas también sufrían violaciones y abusos sexuales horribles.
En última instancia, todos los prisioneros eran conducidos a través de un pasillo oscuro y estrecho a una abertura en la roca directamente sobre el mar, llamada “la puerta del no retorno”, porque una vez que era traspasada nunca regresarías a tu casa, a tu tierra natal, y suponía el quiebre definitivo con tu tribu, con tus seres queridos a los que jamás volverías a ver. A través de ese hueco en la piedra sobre el acantilado, los cautivos eran obligados a subir a los barcos negreros, auténticas prisiones flotantes que los transportarían a los campos de algodón de Estados Unidos y los de cacao, en Brasil. La economía de ambos países durante aquellos años dependía en gran parte del trabajo forzado de personas provenientes de África.
Hoy, tres siglos después, la esclavitud no se ha abolido, sino que ha cambiado de nombre, se llama trata de personas y se ha adaptado a los tiempos actuales; incluso, en muchos casos, ha mutado a las fronteras digitales. En pleno siglo XXI sigue habiendo esclavos y esclavas captados con falsas promesas y engaños de una vida mejor… Hombres y mujeres víctimas de una explotación extrema en la industria, en el campo, la mendicidad o la prostitución, pero es en esta donde, una vez más, la peor parte recae en las mujeres y en las niñas, estas últimas, además, una mercancía muy preciada.
Es terrible, sí. Y un delito. Pensemos en el trabajo forzoso o la trata laboral, por ejemplo en la recolección de piñas o naranjas durante 15 horas al día, o cavando una zanja de sol a sol con salarios precarios y sin derechos humanos ni laborales. Este rostro de la esclavitud todo el mundo lo repudia y lo ve muy claro. Todas las personas, salvo los explotadores delincuentes. ¿Pero qué pasa con las esclavas sexuales? Mujeres y niñas que salen buscando un trabajo, una oportunidad para ellas y sus hijos e hijas, que cruzan el mundo algunas veces en aviones, pero también caminando miles de kilómetros desde sus hogares hasta nuestro país, el primero de Europa en tránsito y destino de víctimas de trata sexual.
Como en siglos pasados se las desnuda para exhibirlas como mercancía delante de los posibles “clientes” que también las soban para comprobar el material antes de pagarlo a sus tratantes. Víctimas que viven en cautiverio, hacinadas en clubes y pisos perdiendo el control de sus vidas, sin libertad alguna para decidir nada. Mujeres y niñas a las que se les somete y destroza por completo a base de violaciones, vejaciones, drogas y alcohol.
Estas esclavas son captadas para la explotación sexual comercial, son prostituidas para complacer a algunos hombres que piensan que tienen derecho a comprar o alquilar a una persona, que normalizan por completo la prostitución como parte del ocio, del divertimento, sabiendo que en muchos casos detrás no está la libertad, sino la necesidad, que muchas de esas mujeres no han podido elegir. No olvidemos que ningún ser humano nace para sufrir y ser esclavizado.
Es terrible comprobar cómo muchas personas normalizan la esclavitud sexual, como determinados discursos son complacientes con la prostitución amparándose en la libertad de las mujeres… ¿Pero qué libertad hay cuando no tienes un trozo de pan para dar de comer a tus hijos? Cuando sales huyendo de guerras, hambruna, violencia…
No debemos caer en el adormecimiento afectivo, en el desgaste emocional causado por la normalización del sufrimiento ajeno que hace disminuir nuestra capacidad de empatía hacia los demás, en este caso, hacia las personas más vulnerables y desnudas de derechos. Por el contrario, debemos seguir trabajando para abolir la esclavitud, con leyes robustas que persigan a los esclavistas y a sus cómplices, que vistan de derechos a las víctimas, que permitan trabajar en educación y, desde luego, con el compromiso de cada uno de nosotros y nosotras.
Hoy, 30 de julio, es el Día Mundial contra la Trata de Personas.
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