
A Glenys Rodríguez, de 53 años, la golpea por segunda vez una catástrofe en cuestión de un mes. Es venezolana, de Maracay, donde su madre fue víctima del terromoto ocurrido el 24 de junio: “Durante el primer temblor trató de salir de casa, pero a los 39 segundos vino otro. Pensó que los cimientos se le venían encima y sufrió un infarto que la llevó al hospital. Intenté no perder el control a más de 7.000 kilómetros de distancia”. Ahora, es ella la que ha tenido que abandonar su hogar en Navalagamella para huir del fuego que calcina la sierra suroeste de Madrid.

El Colegio Oficial de la Psicología de Madrid pone a disposición de la Administración sus recursos para atender a los desplazados
A Glenys Rodríguez, de 53 años, la golpea por segunda vez una catástrofe en cuestión de un mes. Es venezolana, de Maracay, donde su madre fue víctima del terromoto ocurrido el 24 de junio: “Durante el primer temblor trató de salir de casa, pero a los 39 segundos vino otro. Pensó que los cimientos se le venían encima y sufrió un infarto que la llevó al hospital. Intenté no perder el control a más de 7.000 kilómetros de distancia”. Ahora, es ella la que ha tenido que abandonar su hogar en Navalagamella para huir del fuego que calcina la sierra suroeste de Madrid.
Se encuentra evacuada en el centro deportivo La Marazuela, ubicado en el municipio madrileño de Las Rozas, donde decenas de camas plegables de emergencia, alineadas en fila sobre el parqué, convierten el pabellón en el refugio provisional de más de 300 personas. No solo es un lugar para dormir: un equipo de psicólogas ofrece apoyo a quienes intentan asimilar lo ocurrido.
El Colegio Oficial de la Psicología de Madrid ha puesto a disposición de la Administración sus recursos con la intención de atender a los desplazados mediante primeros auxilios psicológicos y de apoyo emocional, en coordinación con los servicios de emergencia. Rodríguez reconoce que cada día que pasa le resulta un poco más largo que el anterior. El cansancio hace mella, aunque intenta mantener la calma.
Mientras reposa en su catre, una psicóloga se le acerca para preguntarle cómo se siente. Ya es el segundo día que habla con ella. “Es un rato para charlar, para entender que esto es transitorio y que lo más importante es que estamos a salvo. Ojalá en mi país tuviesen estos recursos cuando algo grave pasa”, explica la mujer tratando de relativizar.
El viernes salió por la puerta de su casa y no echó la vista atrás. Pensó que volvería al día siguiente. “Me fui con lo puesto antes de la evacuación masiva porque había mucho humo y el cielo estaba totalmente rojo. Esa noche dormí en un hotel, pero como la cosa se ponía peor, me vine al pabellón junto a mi marido, ya que nos dejamos la medicación y aquí hay asistencia sanitaria”, explica. La incertidumbre de no tener fecha de vuelta a su hogar es lo que más le ha agobiado estos días. “La psicóloga me ayuda a tratar de no desesperar”, comenta.
Su casa está a salvo, pero es difícil que el cóctel de emociones vivido estos días no le pase factura. “Son muchas cosas las que hemos visto en este pabellón. Hace un rato una mujer sufría una crisis de ansiedad. El otro día presenciamos el reencuentro de una señora que perdió su casa con sus perros, a los que ya daba por muertos. Aparecieron en el centro del pueblo y la Guardia Civil se los acercó, como si de un milagro se tratase”, cuenta.

Atender a las víctimas de los incendios es una prioridad para el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. Así lo traslada su decana y coordinadora de este dispositivo de intervención, Timanfaya Hernández. “Lo vivido tiene un impacto emocional muy fuerte, se enfrentan a la pérdida de lo que las representa, a la incertidumbre, al desconcierto”, señala. Por ello, un equipo de 40 profesionales se reparte por los pabellones donde están las personas evacuadas para prestar ayuda.
Algunos trabajan brindando una asistencia 24 horas por turnos en Villa del Prado, una de las zonas más afectadas. Otros se suben a las oficinas móviles de atención al ciudadano, en coordinación con el servicio 012, con la intención de llegar al mayor número de evacuados posible en los diferentes pabellones en los que se han instalado. También prestan asistencia a las personas que están en primera línea si lo necesitan: bomberos, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, miembros de Protección Civil o voluntarios.
Sobre el terreno, en Villa del Prado, se encuentra la psicóloga experta en emergencias e integrante del colegio Miriam González Pablo. Asiste en el pabellón a quien lo necesita, trabaja con los niños mediante juegos de expresión emocional para ayudarles a canalizar lo vivido y acompaña a los vecinos a ver sus casas quemadas tras el incendio. “Surge el y ahora qué y ahora cómo. Lo que están viendo es lo que les queda, no tienen más”, explica. Va más allá de una pérdida material, es algo emocional. “Un hogar es un refugio, el lugar seguro que uno tiene en el mundo, una biografía llena de fotografías de personas que ya no están. Y todo eso lo han perdido. Sufren una ruptura con su identidad”, apunta.
Les acompaña en el camino de empezar a afrontar ese duelo. La reconstrucción, advierte, va a ser más lenta. Su jornada laboral varía constantemente. “La emergencia es algo muy dinámico que cambia en cuestión de segundos. De repente, les dicen que un foco se ha reactivado y surgen varias crisis de ansiedad porque ya no saben si su casa se va a salvar. Es una adaptación continua a situaciones sobrevenidas”, traslada esta profesional.

González Pablo no dispone de consulta física. Si la intervención requiere de mayor intimidad, busca un espacio a solas, puede ser una carpa o una sala que quede libre. En muchos casos, la asistencia se realiza a pie de catre. “Atendemos población local e inmigrante, hombres, mujeres, niños, mayores que están solos, personas dependientes, el perfil es muy variado”, explica. Pero todos tienen algo en común: la incertidumbre. También afloran el cansancio, la tristeza, la rabia y la impotencia. “Se hace una evaluación rápida con la intención de buscar qué anclas tienen para construir hacia adelante”, resume la psicóloga. Por las noches, el insomnio se apodera del polideportivo y, durante el día, la tensión a la espera de noticias se va contagiando.
Mientras tanto, el alcalde de Las Rozas, José de la Uz Pardos, visita a los evacuados en el complejo deportivo sociocultural La Marazuela. Además del pabellón donde duermen, los niños hacen uso de la ludoteca, los jóvenes del aula de estudio y, los más mayores, de una salita para descansar mejor. En los pasillos se visualizan cronogramas de las actividades que pueden hacer durante el día gracias a la labor de voluntarios, fundaciones, consejerías y concejalías: talleres de manualidades o de gestión de la ansiedad, yoga, lectura de cuentos, juegos de mesa, música clásica o cine de verano familiar.
“El seleccionador Luis de la Fuente visitó a los más pequeños y la Asociación Abrazo Animal ayuda mucho con las mascotas. Tratamos de que tengan la cabeza lo más despejada posible”, cuenta el regidor, para enseñar los almacenes repletos de comida, ropa y productos de higiene que han donado los vecinos.
La decana insiste en que la labor de su equipo consiste en contener las emociones para entenderlas, escucharlas y reorientarlas en función de las necesidades de cada persona. La mejor intervención es una adecuada prevención para evitar la cronificación de los síntomas, a su juicio. “Hay que hacerles entender que van a recuperar su situación vital, pero que se necesita tiempo, respeto, presencia, escucha. Normalizamos sus reacciones y trasladamos la información de una forma adecuada”, explica. Si algo tiene claro es que el ser humano posee una enorme capacidad de recuperación: “Ante las situaciones más difíciles, la sociedad resurge, y eso es precisamente por la conexión humana, esa forma casi instintiva de unirse cuando la adversidad golpea”.
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