
Mientras hablaba la ministra de Vivienda, Feijóo se llevó el teléfono a la oreja. Estuvo, creo, un par de minutos. A veces yo, para no aguantar a alguien, también cojo el teléfono y finjo que está al otro lado alguien muy interesante; incluso digo alguna palabra suelta en inglés. Rodríguez, para ser justo con Feijóo, estaba haciendo un discurso relevante al que, quizá recordando dónde estaba, se propuso meterle populismo extremo: “gente o buitres”, dijo. A mí me da un poco de pena la resonancia negativa de la palabra buitre. El Buitre es mi infancia entera. Yo escucho “buitre” y se me encharcan los ojitos de amor. Cádiz, Querétaro, Hugo, Míchel, Santiago Bernabéu. Lo único bueno de esas frases tan lapidarias, tan de estos tiempos, “gente o buitres”, eran las caras de Rafael Hernando. Se quitaba y se ponía las gafas todo el rato, doblándolas, creo, para que le cupiesen en el bolsillo de la chaqueta, donde se le sobresalían como un pañuelito de seda.
Pocas cosas como la vida, esa que de repente en tu mejor momento se gira y golpea de verdad (golpea tu dinero, golpea tu salud, golpea a tus hijos) para que todo pase a un segundo plano: ya uno no es al que votan, sino el que vota 
Mientras hablaba la ministra de Vivienda, Feijóo se llevó el teléfono a la oreja. Estuvo, creo, un par de minutos. A veces yo, para no aguantar a alguien, también cojo el teléfono y finjo que está al otro lado alguien muy interesante; incluso digo alguna palabra suelta en inglés. Rodríguez, para ser justo con Feijóo, estaba haciendo un discurso relevante al que, quizá recordando dónde estaba, se propuso meterle populismo extremo: “gente o buitres”, dijo. A mí me da un poco de pena la resonancia negativa de la palabra buitre. El Buitre es mi infancia entera. Yo escucho “buitre” y se me encharcan los ojitos de amor. Cádiz, Querétaro, Hugo, Míchel, Santiago Bernabéu. Lo único bueno de esas frases tan lapidarias, tan de estos tiempos, “gente o buitres”, eran las caras de Rafael Hernando. Se quitaba y se ponía las gafas todo el rato, doblándolas, creo, para que le cupiesen en el bolsillo de la chaqueta, donde se le sobresalían como un pañuelito de seda.
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