El barrio de Ruzafa en Valencia fue, en tiempos de la posguerra, un enclave teatral que llegó a conocerse como el broadway valenciano. A finales de la década de los setenta se cerró sin embargo la última sala de los hasta 19 espacios escénicos que llegó a tener y en los que se alternaban representaciones teatrales, cine, zarzuela o revista. Cinco décadas después, el festival Russafa Escénica devolvió el teatro al barrio, que lleva ininterrumpidamente 16 ediciones dedicadas a las creaciones de artistas y compañías emergentes, con 90.000 espectadores y 4.000 funciones.
El festival Russafa Escènica acumula cerca de 90.000 espectadores y 4.000 funciones en sus 16 ediciones
El barrio de Ruzafa en Valencia fue, en tiempos de la posguerra, un enclave teatral que llegó a conocerse como el broadway valenciano. A finales de la década de los setenta se cerró sin embargo la última sala de los hasta 19 espacios escénicos que llegó a tener y en los que se alternaban representaciones teatrales, cine, zarzuela o revista. Cinco décadas después, el festival Russafa Escénica devolvió el teatro al barrio, que lleva ininterrumpidamente 16 ediciones dedicadas a las creaciones de artistas y compañías emergentes, con 90.000 espectadores y 4.000 funciones.
Nara Pérez (32 años) y Dani Tormo (26) representan en un estudio en la calle Puerto Rico su obra Dalt del Més Amunt ante 17 o 20 espectadores como mucho. No hay escenario y el público está prácticamente pegado a los actores. “Son dos amigos que están moviendo un colchón porque tienen sarna, y van a rastrear de donde viene esa sarna. Y de ese rascar es donde hemos abierto varios caminos”, resume Pérez el argumento de esta pieza de teatro físico (donde el cuerpo del actor y el movimiento son los vehículos principales para contar historias, transmitir emociones y crear el personaje, por encima de la palabra).
Creadores del grupo Misèria i companyia, Pérez y Tormo ven en el festival una oportunidad para que público y productores conozcan su trabajo: “El festival se preocupa por que vengan programadores de teatro, podamos hablar con ellos y creamos red”. Como dice Tormo, “es una especie de trampolín de lo que vendrá”. Su pieza se ha llevado uno de los dos premios que ha concedido el festival en su edición, recién clausurada, de 2026.
Su obra, de unos 30 minutos de duración, que han representado con dos pases diarios durante 11 días, además de permitir verlos rascarse sin parar, habla “de cosas que nos atraviesan: la gentrificación, la amistad y su intimidad, el contacto humano o cómo las ciudades te acogen o te expulsan”.
Jerónimo Cornelles, director artístico del festival ―es actor, dramaturgo de la compañía Bramant Teatre—, explica que no hay nada romántico detrás de Russafa Escènica. El festival surge en 2011 inspirado por Russafart, una bienal de arte contemporáneo organizada por las galerías de arte que llenaban este barrio dos décadas atrás.
Su promotor pensó que podía hacerse teatro en esos espacios y en otros comercios y locales profesionales de la zona. “Empezamos a hacerlo en un momento en que no había ningún festival [teatral]. El festival VEO [de iniciativa pública] se cerró en 2010 por las crisis y los recortes y convirtió la capital en un ”desierto cultural», describe Cornelles.
Cinco compañías de teatro de una misma generación montaron el festival para poder mostrar sus piezas teatrales. A la primera edición acudieron unas 2.000 personas y al año siguiente, en una convocatoria abierta a otras compañías, lo visitaron 4.000. Las siguiente casi les hacen morir de éxito, con 8.000 espectadores y pases de hasta 30 piezas. No podían asumir tantos espectadores y bajaron a menos piezas teatrales.
Una parte del éxito, barrunta el director artístico, es que no había más pretensión que poder mostrar el trabajo de esas compañías. “Empezó viniendo sobre todo mucha gente del barrio, hablamos antes con las asociaciones de vecinos, las plataformas ciudadanas, las asociaciones de comerciantes y, aunque al principio era muy local, luego se añadió gente del resto de la ciudad y de otros municipios”, recuerda. 16 años después se invita a programadores nacionales para que “lo que vean aquí, ruede y se exporte al resto de España”.
Los promotores del festival teatral desean que el Ayuntamiento de la capital se vuelque en el evento porque ya está hecho. “Solo necesitamos colaboración y recursos reales para que la gente pueda trabajar sin tanta precariedad”, apunta Cornelles, que lamenta que las ayudas de la Generalitat Valenciana no lleguen para todo, si es que llegan porque “nunca sabemos cuándo salen, cuándo se van a dar, y cuánto nos corresponde”. El festival tiene un coste real de 140.000 euros pero el real, el óptimo, serían 250.000 euros porque pagan, aunque sea poco, a todo el mundo.
Los comercios que ponen a disposición sus locales para estas representaciones sacrifican durante los 15 días que dura Russafa Escènica las tardes. Marina Gutiérrez, propietaria de una librería-juguetería -Bamboo Kids- del barrio ofreció su espacio al festival porque es actriz. Aporta mucho porque da mucha visibilidad al barrio, trae la cultura a la zona y a ella, personalmente, le satisface verlo en su tienda. Con un aforo de hasta 25 personas se venden todos los pases para ver el monólogo Forastero, forastero, donde el actor Hu Zhao cuenta la historia del único chino que regenta un bazar en una comarca del interior de Valencia. Con humor y drama, habla de la soledad, la migración, la identidad y la distancia.
El barrio ha cambiado mucho. Hace 30 años, los taxis no querían entrar en estas calles porque era zona de guerra. “Dicen que un barrio es barrio mientras haya ferreterías y aquí las hay pero cada día hay más tiendas de muffins, que me encantan, pero todo el rato lo mismo, no. Ruzafa aún es barrio y creo que el éxito es haber contado con su gente desde el primer momento”, concluye Cornelles.
La Sala Russafa, teatro abierto en 2011 en el barrio, a la vez que surgió el festival, es un auditorio estable para algunas de las piezas más largas del evento anual. Chema Cardeña, director de la sala, vive en Ruzafa. “Cuando decidimos abrirlo, sabíamos que era un barrio que había tenido muchísimos teatros desde la Segunda República hasta los años 70 del siglo pasado. En los años 50 o 60 llegó a haber hasta 19 espacios en los que se hacía teatro de forma regular: en los ateneos que sobrevivieron de la época republicana, pero también el Teatro Alcázar, el Ruzafa o el Capitol”, recuerda el dramaturgo y director escénico.
Fueron desapareciendo hasta que se cerró el último “y desde entonces no había habido nada en el barrio, toda la actividad teatral se concentró más en el centro de la ciudad”. Por todos esos motivos abrieron la Sala Russafa en 2011, explica Cardeña en una de las estancias del teatro, que aparece en una de las escenas de la película La mala educación, de Pedro Almodóvar.
Mientras acaba de cerrarse para ser reformado el Teatro Principal de Valencia, uno de los pocos recintos teatrales públicos de la ciudad, con 1.200 localidades, Cardeña destaca que la cartelera teatral la sostienen, sobre todo, las salas privadas (hay unas 19), mientras las públicas, tras el cierre del Principal, son el Rialto y el Musical.
“Hace unos cuantos años que reclamamos convenios de promoción de la oferta teatral”, reivindica. Y coincide con Cornelles en que el barrio de Ruzafa es todavía reconocible por las mañanas si vas al mercado o a sus comercios pero desaparece cuando cae la tarde, cuando solo se ven ya a holandeses, rusos o alemanes.
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