Aunque en un primer momento Estados Unidos e Irán no hayan alcanzado un acuerdo, el simple hecho de que se hayan sentado a la mesa es una buena noticia y revela que, más allá del lenguaje, ambas partes están interesadas en pactar. La escalada no interesa a nadie: ni a Trump, cada vez más cuestionado -sobre todo por los suyos-, ni a Irán, que desde el principio ha demostrado que, entre la plata o el plomo, se decanta por la primera. Sin ánimo de sonar categórico, porque las incertidumbres son muchas, los acontecimientos recientes -y no solo los de este fin de semana- desafían algunas narrativas dominantes.Hasta ahora, el tráfico marítimo había mostrado una tendencia de aumento gradual. Este comportamiento sugería una voluntad de evitar una interrupción absoluta del comercio, especialmente del transporte energético.Uno de los aspectos más llamativos había sido el orden con el que, hasta ayer, se estaban desarrollando los tránsitos. Irán había establecido un puesto de control en el Estrecho de Ormuz , canalizando todo el tráfico aprobado a través de un corredor específico situado entre las islas de Qeshm y Larak. A cambio del paso por este corredor se cobraba una tarifa. Este mecanismo funcionaba, en la práctica, como un ‘peaje diplomático’: no suponía un cierre del estrecho, pero sí un ejercicio de control soberano y de presión estratégica cuidadosamente calibrada.Noticia relacionada general No No El castigo comercial de Trump a España supone más de 150 millones al mes Raúl MasaEsta era probablemente la mejor baza de los iraníes, y el último movimiento de los americanos trata precisamente de desbaratarla. El bloqueo de Ormuz anunciado ayer por Trump es un movimiento que tiene sentido -desde luego, más que apoderarse de la isla de Khang-. Detiene las exportaciones de Irán y, por tanto, sus ingresos, y es la respuesta más efectiva al ‘peaje diplomático’ impuesto, además de ejercer presión sobre China. Todo ello debe entenderse, como el propio presidente estadounidense ha verbalizado, como parte de una estrategia negociadora.De hecho, Estados Unidos estaría preparando o posicionándose para operaciones terrestres de mayor envergadura desde hace algunas semanas, probablemente sin demasiadas ganas de ponerlas en marcha, a pesar de la retórica de su presidente, al que ya se le ve el plumero. El ‘todo o nada’ con el que nos sorprendió anoche encaja en este patrón. El bloqueo y los preparativos forman parte de las palancas necesarias para llegar a buen puerto en las conversaciones con Irán.Por último, conviene destacar que esta negociación no puede interpretarse como un choque con ganadores y perdedores claros. No hay solo dos bandos ni un desenlace que pueda definirse exclusivamente como exitoso. El resultado final dependerá, más bien, de una reconfiguración geopolítica más amplia, propia de un mundo cada vez más multipolar.En este contexto, la verdadera «victoria» no se medirá en términos tradicionales, sino en la capacidad de los actores para adaptarse a un nuevo equilibrio internacional alineado con múltiples centros de poder.Respuesta de los bancos centralesLos mercados parecen haber digerido prácticamente los últimos acontecimientos. No están asignando -de hecho, no lo han hecho en ningún momento- una probabilidad relevante a un desenlace apocalíptico del conflicto en Oriente Medio. Tampoco consideran que el descalabro del crédito privado, que sigue coleando, vaya a tener consecuencias de mayor calado. Todo parece limitarse a la respuesta de los bancos centrales: cuánto pueden o no subir los tipos de interés y lo que eso suponga para las tasas de descuento (bonos libres de riesgo), que son el punto de partida para valorar prácticamente todo -todo lo que tiene valor; aquí no se incluyen ni las criptomonedas ni las materias primas por razones distintas en las que ya hemos entrado en múltiples ocasiones en esta página-.Y, en contra de la percepción generalizada que reflejan los precios de los futuros de los distintos activos, no creo que los responsables de la política monetaria vayan a subir los tipos de interés. En Estados Unidos, de momento, se conformarán con no bajarlos -otra que se lleva Trump en la frente- y ya veremos qué ocurre tras el cambio de presidente de la Reserva Federal en los próximos meses. En Europa, el Consejo del Banco Central Europeo debería contener la arremetida de los halcones. Las subidas de tipos no son efectivas frente a aumentos de precios provocados por shocks exógenos y, además, previsiblemente de corta duración. No solo no son efectivas, sino que resultan tremendamente contraproducentes: a la pérdida de renta real disponible por el r epunte de los precios se suma el encarecimiento de los préstamos. Un pan como unas tortas.Así las cosas, y aunque la retórica se endurezca y los mercados de futuros digan lo contrario, la sensatez debería imponerse en Fráncfort . Deberían tener la lección aprendida. No pueden dejarse llevar por unos datos que solo se corregirán con el paso del tiempo, y todo indica que no hará falta demasiado.¿Qué comprar y cuándo?Es la pregunta habitual que algunos inversores empiezan a entonar, con la boca pequeña. El ‘cuándo’ es lo más fácil de responder: ayer. Siempre es ayer. Nadie sabe cuándo vamos a tener las cosas más claras, pero cuando eso ocurra el mercado ya habrá recuperado buena parte de lo que tenga que recuperar.Además, si uno se anticipa -algo que, como demuestra la experiencia de muchos años, es poco probable- se llevará consigo algunas lecciones importantes, o al menos una: aprender a convivir con las pérdidas. Es precisamente sobre esas pérdidas sobre las que se construyen las mayores ganancias.En cuanto al ‘qué’, el mercado ya enseñó la patita la semana pasada durante el par de días de rebote: bolsa europea y, dentro de ella, bancos. Las posiciones cortas o vendedoras sobre acciones europeas han vuelto a máximos desde 2012 -sí, en plena crisis del euro-. Detrás de este posicionamiento está lo de siempre: la incertidumbre económica derivada de la crisis energética, la sobrerregulación y un banco central que juega a la contra.Ahora bien, si el conflicto es corto -como creen a los que algunos tachan de optimistas- y volvemos a las dinámicas previas al ataque -sin contemplar aquí la posibilidad de que Europa dé por fin un salto adelante en los remedios que necesita aplicar a problemas sobradamente diagnosticados-, serán muchos los que querrán salir por una puerta muy estrecha. Y si a todo ello añadimos que, en el escenario descrito, los bancos son precisamente los que mejor pueden salir parados, miel sobre hojuelas: el peso de la banca en los índices europeos, particularmente en el español, es muy relevante.Por lo tanto, si -como dicen o decimos los cursis- compran este desenlace, ya lo saben: hoy mejor que mañana, aunque no sepamos cuál será el resultado final de la última bravuconada de Trump. Y subirse, en cualquier caso, a lo que ya venía haciéndolo bien antes de que este lío copara todas las portadas. Aunque en un primer momento Estados Unidos e Irán no hayan alcanzado un acuerdo, el simple hecho de que se hayan sentado a la mesa es una buena noticia y revela que, más allá del lenguaje, ambas partes están interesadas en pactar. La escalada no interesa a nadie: ni a Trump, cada vez más cuestionado -sobre todo por los suyos-, ni a Irán, que desde el principio ha demostrado que, entre la plata o el plomo, se decanta por la primera. Sin ánimo de sonar categórico, porque las incertidumbres son muchas, los acontecimientos recientes -y no solo los de este fin de semana- desafían algunas narrativas dominantes.Hasta ahora, el tráfico marítimo había mostrado una tendencia de aumento gradual. Este comportamiento sugería una voluntad de evitar una interrupción absoluta del comercio, especialmente del transporte energético.Uno de los aspectos más llamativos había sido el orden con el que, hasta ayer, se estaban desarrollando los tránsitos. Irán había establecido un puesto de control en el Estrecho de Ormuz , canalizando todo el tráfico aprobado a través de un corredor específico situado entre las islas de Qeshm y Larak. A cambio del paso por este corredor se cobraba una tarifa. Este mecanismo funcionaba, en la práctica, como un ‘peaje diplomático’: no suponía un cierre del estrecho, pero sí un ejercicio de control soberano y de presión estratégica cuidadosamente calibrada.Noticia relacionada general No No El castigo comercial de Trump a España supone más de 150 millones al mes Raúl MasaEsta era probablemente la mejor baza de los iraníes, y el último movimiento de los americanos trata precisamente de desbaratarla. El bloqueo de Ormuz anunciado ayer por Trump es un movimiento que tiene sentido -desde luego, más que apoderarse de la isla de Khang-. Detiene las exportaciones de Irán y, por tanto, sus ingresos, y es la respuesta más efectiva al ‘peaje diplomático’ impuesto, además de ejercer presión sobre China. Todo ello debe entenderse, como el propio presidente estadounidense ha verbalizado, como parte de una estrategia negociadora.De hecho, Estados Unidos estaría preparando o posicionándose para operaciones terrestres de mayor envergadura desde hace algunas semanas, probablemente sin demasiadas ganas de ponerlas en marcha, a pesar de la retórica de su presidente, al que ya se le ve el plumero. El ‘todo o nada’ con el que nos sorprendió anoche encaja en este patrón. El bloqueo y los preparativos forman parte de las palancas necesarias para llegar a buen puerto en las conversaciones con Irán.Por último, conviene destacar que esta negociación no puede interpretarse como un choque con ganadores y perdedores claros. No hay solo dos bandos ni un desenlace que pueda definirse exclusivamente como exitoso. El resultado final dependerá, más bien, de una reconfiguración geopolítica más amplia, propia de un mundo cada vez más multipolar.En este contexto, la verdadera «victoria» no se medirá en términos tradicionales, sino en la capacidad de los actores para adaptarse a un nuevo equilibrio internacional alineado con múltiples centros de poder.Respuesta de los bancos centralesLos mercados parecen haber digerido prácticamente los últimos acontecimientos. No están asignando -de hecho, no lo han hecho en ningún momento- una probabilidad relevante a un desenlace apocalíptico del conflicto en Oriente Medio. Tampoco consideran que el descalabro del crédito privado, que sigue coleando, vaya a tener consecuencias de mayor calado. Todo parece limitarse a la respuesta de los bancos centrales: cuánto pueden o no subir los tipos de interés y lo que eso suponga para las tasas de descuento (bonos libres de riesgo), que son el punto de partida para valorar prácticamente todo -todo lo que tiene valor; aquí no se incluyen ni las criptomonedas ni las materias primas por razones distintas en las que ya hemos entrado en múltiples ocasiones en esta página-.Y, en contra de la percepción generalizada que reflejan los precios de los futuros de los distintos activos, no creo que los responsables de la política monetaria vayan a subir los tipos de interés. En Estados Unidos, de momento, se conformarán con no bajarlos -otra que se lleva Trump en la frente- y ya veremos qué ocurre tras el cambio de presidente de la Reserva Federal en los próximos meses. En Europa, el Consejo del Banco Central Europeo debería contener la arremetida de los halcones. Las subidas de tipos no son efectivas frente a aumentos de precios provocados por shocks exógenos y, además, previsiblemente de corta duración. No solo no son efectivas, sino que resultan tremendamente contraproducentes: a la pérdida de renta real disponible por el r epunte de los precios se suma el encarecimiento de los préstamos. Un pan como unas tortas.Así las cosas, y aunque la retórica se endurezca y los mercados de futuros digan lo contrario, la sensatez debería imponerse en Fráncfort . Deberían tener la lección aprendida. No pueden dejarse llevar por unos datos que solo se corregirán con el paso del tiempo, y todo indica que no hará falta demasiado.¿Qué comprar y cuándo?Es la pregunta habitual que algunos inversores empiezan a entonar, con la boca pequeña. El ‘cuándo’ es lo más fácil de responder: ayer. Siempre es ayer. Nadie sabe cuándo vamos a tener las cosas más claras, pero cuando eso ocurra el mercado ya habrá recuperado buena parte de lo que tenga que recuperar.Además, si uno se anticipa -algo que, como demuestra la experiencia de muchos años, es poco probable- se llevará consigo algunas lecciones importantes, o al menos una: aprender a convivir con las pérdidas. Es precisamente sobre esas pérdidas sobre las que se construyen las mayores ganancias.En cuanto al ‘qué’, el mercado ya enseñó la patita la semana pasada durante el par de días de rebote: bolsa europea y, dentro de ella, bancos. Las posiciones cortas o vendedoras sobre acciones europeas han vuelto a máximos desde 2012 -sí, en plena crisis del euro-. Detrás de este posicionamiento está lo de siempre: la incertidumbre económica derivada de la crisis energética, la sobrerregulación y un banco central que juega a la contra.Ahora bien, si el conflicto es corto -como creen a los que algunos tachan de optimistas- y volvemos a las dinámicas previas al ataque -sin contemplar aquí la posibilidad de que Europa dé por fin un salto adelante en los remedios que necesita aplicar a problemas sobradamente diagnosticados-, serán muchos los que querrán salir por una puerta muy estrecha. Y si a todo ello añadimos que, en el escenario descrito, los bancos son precisamente los que mejor pueden salir parados, miel sobre hojuelas: el peso de la banca en los índices europeos, particularmente en el español, es muy relevante.Por lo tanto, si -como dicen o decimos los cursis- compran este desenlace, ya lo saben: hoy mejor que mañana, aunque no sepamos cuál será el resultado final de la última bravuconada de Trump. Y subirse, en cualquier caso, a lo que ya venía haciéndolo bien antes de que este lío copara todas las portadas.
Aunque en un primer momento Estados Unidos e Irán no hayan alcanzado un acuerdo, el simple hecho de que se hayan sentado a la mesa es una buena noticia y revela que, más allá del lenguaje, ambas partes están interesadas en pactar. La escalada … no interesa a nadie: ni a Trump, cada vez más cuestionado -sobre todo por los suyos-, ni a Irán, que desde el principio ha demostrado que, entre la plata o el plomo, se decanta por la primera. Sin ánimo de sonar categórico, porque las incertidumbres son muchas, los acontecimientos recientes -y no solo los de este fin de semana- desafían algunas narrativas dominantes.
Hasta ahora, el tráfico marítimo había mostrado una tendencia de aumento gradual. Este comportamiento sugería una voluntad de evitar una interrupción absoluta del comercio, especialmente del transporte energético.
Uno de los aspectos más llamativos había sido el orden con el que, hasta ayer, se estaban desarrollando los tránsitos. Irán había establecido un puesto de control en el Estrecho de Ormuz, canalizando todo el tráfico aprobado a través de un corredor específico situado entre las islas de Qeshm y Larak. A cambio del paso por este corredor se cobraba una tarifa. Este mecanismo funcionaba, en la práctica, como un ‘peaje diplomático’: no suponía un cierre del estrecho, pero sí un ejercicio de control soberano y de presión estratégica cuidadosamente calibrada.
Noticia relacionada
Esta era probablemente la mejor baza de los iraníes, y el último movimiento de los americanos trata precisamente de desbaratarla. El bloqueo de Ormuz anunciado ayer por Trump es un movimiento que tiene sentido -desde luego, más que apoderarse de la isla de Khang-. Detiene las exportaciones de Irán y, por tanto, sus ingresos, y es la respuesta más efectiva al ‘peaje diplomático’ impuesto, además de ejercer presión sobre China. Todo ello debe entenderse, como el propio presidente estadounidense ha verbalizado, como parte de una estrategia negociadora.
De hecho, Estados Unidos estaría preparando o posicionándose para operaciones terrestres de mayor envergadura desde hace algunas semanas, probablemente sin demasiadas ganas de ponerlas en marcha, a pesar de la retórica de su presidente, al que ya se le ve el plumero. El ‘todo o nada’ con el que nos sorprendió anoche encaja en este patrón. El bloqueo y los preparativos forman parte de las palancas necesarias para llegar a buen puerto en las conversaciones con Irán.
Por último, conviene destacar que esta negociación no puede interpretarse como un choque con ganadores y perdedores claros. No hay solo dos bandos ni un desenlace que pueda definirse exclusivamente como exitoso. El resultado final dependerá, más bien, de una reconfiguración geopolítica más amplia, propia de un mundo cada vez más multipolar.
En este contexto, la verdadera «victoria» no se medirá en términos tradicionales, sino en la capacidad de los actores para adaptarse a un nuevo equilibrio internacional alineado con múltiples centros de poder.
Respuesta de los bancos centrales
Los mercados parecen haber digerido prácticamente los últimos acontecimientos. No están asignando -de hecho, no lo han hecho en ningún momento- una probabilidad relevante a un desenlace apocalíptico del conflicto en Oriente Medio. Tampoco consideran que el descalabro del crédito privado, que sigue coleando, vaya a tener consecuencias de mayor calado. Todo parece limitarse a la respuesta de los bancos centrales: cuánto pueden o no subir los tipos de interés y lo que eso suponga para las tasas de descuento (bonos libres de riesgo), que son el punto de partida para valorar prácticamente todo -todo lo que tiene valor; aquí no se incluyen ni las criptomonedas ni las materias primas por razones distintas en las que ya hemos entrado en múltiples ocasiones en esta página-.
Y, en contra de la percepción generalizada que reflejan los precios de los futuros de los distintos activos, no creo que los responsables de la política monetaria vayan a subir los tipos de interés. En Estados Unidos, de momento, se conformarán con no bajarlos -otra que se lleva Trump en la frente- y ya veremos qué ocurre tras el cambio de presidente de la Reserva Federal en los próximos meses. En Europa, el Consejo del Banco Central Europeo debería contener la arremetida de los halcones.
Las subidas de tipos no son efectivas frente a aumentos de precios provocados por shocks exógenos y, además, previsiblemente de corta duración. No solo no son efectivas, sino que resultan tremendamente contraproducentes: a la pérdida de renta real disponible por el repunte de los precios se suma el encarecimiento de los préstamos. Un pan como unas tortas.
Así las cosas, y aunque la retórica se endurezca y los mercados de futuros digan lo contrario, la sensatez debería imponerse en Fráncfort. Deberían tener la lección aprendida. No pueden dejarse llevar por unos datos que solo se corregirán con el paso del tiempo, y todo indica que no hará falta demasiado.
¿Qué comprar y cuándo?
Es la pregunta habitual que algunos inversores empiezan a entonar, con la boca pequeña. El ‘cuándo’ es lo más fácil de responder: ayer. Siempre es ayer. Nadie sabe cuándo vamos a tener las cosas más claras, pero cuando eso ocurra el mercado ya habrá recuperado buena parte de lo que tenga que recuperar.
Además, si uno se anticipa -algo que, como demuestra la experiencia de muchos años, es poco probable- se llevará consigo algunas lecciones importantes, o al menos una: aprender a convivir con las pérdidas. Es precisamente sobre esas pérdidas sobre las que se construyen las mayores ganancias.
En cuanto al ‘qué’, el mercado ya enseñó la patita la semana pasada durante el par de días de rebote: bolsa europea y, dentro de ella, bancos. Las posiciones cortas o vendedoras sobre acciones europeas han vuelto a máximos desde 2012 -sí, en plena crisis del euro-. Detrás de este posicionamiento está lo de siempre: la incertidumbre económica derivada de la crisis energética, la sobrerregulación y un banco central que juega a la contra.
Ahora bien, si el conflicto es corto -como creen a los que algunos tachan de optimistas- y volvemos a las dinámicas previas al ataque -sin contemplar aquí la posibilidad de que Europa dé por fin un salto adelante en los remedios que necesita aplicar a problemas sobradamente diagnosticados-, serán muchos los que querrán salir por una puerta muy estrecha. Y si a todo ello añadimos que, en el escenario descrito, los bancos son precisamente los que mejor pueden salir parados, miel sobre hojuelas: el peso de la banca en los índices europeos, particularmente en el español, es muy relevante.
Por lo tanto, si -como dicen o decimos los cursis- compran este desenlace, ya lo saben: hoy mejor que mañana, aunque no sepamos cuál será el resultado final de la última bravuconada de Trump. Y subirse, en cualquier caso, a lo que ya venía haciéndolo bien antes de que este lío copara todas las portadas.
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