La pérdida de posiciones de la Universidad española en el Ranking ARWU (Shanghái) 2026 no nos ha sorprendido. Ha llegado con un salto abrupto, sí, pero previsible desde hace años: los sucesivos informes La Universidad Española en Cifras (UEC), que elaboramos periódicamente para CRUE Universidades Españolas, venían anticipándolo. Ya en la edición referida al Ranking 2024 advertíamos de que resultaba llamativo que España hubiera sumado una universidad al TOP 500 cuando, dado el declive relativo de nuestro gasto en I+D en el contexto internacional, lo lógico era que ese número descendiera. Ahora nos sigue sorprendiendo que dos universidades más hayan escalado al TOP 500, pero no que en el TOP 1.000 se haya cumplido el pronóstico, con la salida de seis instituciones que estaban cerca del límite, en un tramo donde las diferencias son mínimas.
El éxito chino no es casualidad ni es reciente: entre 2000 y 2024 China multiplicó por 31 veces su gasto en I+D, frente a las 5,1 veces de los 20 países más relevantes del ranking
La pérdida de posiciones de la Universidad española en el Ranking ARWU (Shanghái) 2026 no nos ha sorprendido. Ha llegado con un salto abrupto, sí, pero previsible desde hace años: los sucesivos informes La Universidad Española en Cifras (UEC), que elaboramos periódicamente para CRUE Universidades Españolas, venían anticipándolo. Ya en la edición referida al Ranking 2024 advertíamos de que resultaba llamativo que España hubiera sumado una universidad al TOP 500 cuando, dado el declive relativo de nuestro gasto en I+D en el contexto internacional, lo lógico era que ese número descendiera. Ahora nos sigue sorprendiendo que dos universidades más hayan escalado al TOP 500, pero no que en el TOP 1.000 se haya cumplido el pronóstico, con la salida de seis instituciones que estaban cerca del límite, en un tramo donde las diferencias son mínimas.
Conviene recordar qué mide en realidad este ranking: la actividad científica de las universidades —producción, calidad e impacto de la investigación—, y solo de forma indirecta la calidad docente. Y conviene recordar también que es una clasificación de suma cero: evalúa 2.500 universidades y ordena a las 1.000 mejores, de modo que, en el límite cercano al 1.000, cada entrada implica necesariamente una salida. Esto lleva sucediendo desde 2003 (año de aparición del ranking), y entre 2018 y 2026 el fenómeno tiene un protagonista casi único: China. Ha desplazado a Estados Unidos de la primera posición en el TOP 1000, ha sumado 53 universidades al TOP 500 y 88 al TOP 1.000, y por sí sola explica el 93% y el 97%, respectivamente, de las variaciones registradas por el resto de países. España, en ese mismo periodo, ganó dos universidades en el TOP 500, pero perdió tres en el TOP 1.000.
El éxito chino no es casualidad ni es reciente: entre 2000 y 2024 China multiplicó por 31 veces su gasto en I+D, frente a las 5,1 veces del conjunto de los 20 países más relevantes del ranking o las 5,5 veces de España. Su participación en la inversión conjunta de I+D de esos veinte países desarrollados pasó del 5,2% al 31,9%, superando ya a Estados Unidos. Pero el gasto no lo explica todo: China ha fortalecido institucionalmente sus universidades, las ha dotado de infraestructuras, ha sabido atraer talento, ha incorporado la meritocracia como criterio de progreso profesional y ha impulsado la colaboración entre universidad y empresa.
Las universidades españolas del TOP 500 operan en un contexto de inversión en I+D del país que apenas alcanza el 51% de la media de los 20 países de referencia
Ahí reside, precisamente, la lección para España. Nuestros informes UEC vienen sosteniendo, con evidencia sólida, que la excelencia investigadora exige dos condiciones simultáneas: una financiación estable en el tiempo y equiparable a la de los competidores internacionales y un alto grado de calidad institucional basada en la autonomía universitaria. Hoy no disponemos de ninguna de las dos. Las universidades españolas del TOP 500 operan en un contexto de inversión en I+D del país que apenas alcanza el 51% de la media de los 20 países de referencia, y el 41% de la de Estados Unidos o China; en el TOP 1.000 la distancia es aún mayor.
Si nos fijamos en la I+D financiada por empresas, la brecha se vuelve sideral: nuestras universidades del TOP 500 se mueven en un entorno donde la inversión empresarial equivale a solo el 35% de la media de referencia, y en el TOP 1000 cae al 25%. España dedicó en 2024 el 1,50% del PIB a I+D —a la cola junto a Italia—, el 55,1% de la media de la OCDE y el 70,5% de la de la UE-27; en financiación empresarial de la I+D, apenas alcanza el 41,2% y el 59,5% de esas mismas medias.
En nuestras universidades falla la especialización y la capacidad de autonomía institucional
Con todo, la financiación tampoco lo explica todo: países como Australia, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Reino Unido, Finlandia o Canadá logran situar más universidades en el TOP 500 por cada dólar invertido que España, si bien es cierto que una mucha mayor dotación de recursos en sus instituciones de Educación Superior, y que en el top 1.000 solo Australia e Italia nos superan. Lo anterior indica que, en nuestras universidades, también falla la especialización y la capacidad de autonomía institucional.
El informe de la European University Association (The Scorecard 2023) sitúa a España entre los puestos 19 y 28 de 35 países europeos en autonomía universitaria: organizativa, financiera, académica y de personal. Es una posición incompatible con la confianza institucional que exige competir en excelencia científica: seleccionar a los mejores investigadores, atraerlos, retribuirlos por resultados y ofrecerles un proyecto profesional con trayectoria de medio y largo plazo. En este terreno no solo no hemos avanzado, sino que la LOSU ha resultado más burocrática e intervencionista, alejándose del impulso a la autonomía que reclamaban todos los informes estratégicos sobre la universidad española elaborados en los últimos 20 años. Resulta, sencillamente, incomprensible.
Si la universidad pública española —pues de las 30 que figuran en el TOP 1.000 de ARWU 2026, solo la Universidad de Navarra es privada— aspira a situarse entre las mejores del mundo, necesitará recursos suficientes (muchos más, públicos y privados) y una gestión flexible de su personal y su presupuesto, verdaderamente autónoma, que le permita competir por el talento global y retribuirlo por resultados. A cambio, deberá ofrecer una rendición de cuentas transparente que contribuya a su reputación social. Sin avances efectivos en esas dos piezas: financiación y autonomía, seguiremos comentando cada verano la pérdida de posiciones de nuestro sistema, y el de otros, con la misma sorpresa injustificada por anunciada y previsible.
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