A mis (casi) 28 años he descubierto por primera vez lo que significa tener un barrio. Crecí en Enguera, en la comarca de la Canal de Navarrés, y después viví en Madrid, Barcelona y otras ciudades. Siempre tuve una dirección, pero nunca un barrio. Hasta que llegué a València.
Nunca he entendido a quienes reducen la demolición y la venta de Mestalla a
una simple operación urbanística
A mis (casi) 28 años he descubierto por primera vez lo que significa tener un barrio. Crecí en Enguera, en la comarca de la Canal de Navarrés, y después viví en Madrid, Barcelona y otras ciudades. Siempre tuve una dirección, pero nunca un barrio. Hasta que llegué a València.
Un barrio huele al café de debajo de casa por las mañanas y al estanco donde te recargan la tarjeta SUMA. Es que el dueño del bar te pregunte cómo estás antes incluso de que pidas el bocadillo del almuerzo. Es que el hombre del kebab de confianza te salude cada vez que pasas por delante de su local. Un barrio no se sostiene solo con ladrillos, sino con las vidas —y las historias— de quienes lo habitan.
Un buen amigo salmantino suele decir que València es la ciudad más italiana de España. No sé si eso habla bien o mal de nosotros, pero sospecho que nos describe bastante. Somos una ciudad que todavía vive en la calle y llena las plazas. Que, en plena globalización, sigue volcándose con sus Fallas, para alegría de unos y desesperación de otros. València no se entiende desde fuera. Hay que vivirla.
Vivo relativamente cerca de Mestalla, en una calle que casi nadie conoce. Pero cada vez que juega el Valencia deja de ser una calle cualquiera. Los coches invaden las aceras y, durante un par de horas, parece que las ordenanzas municipales sobre el aparcamiento han dejado de existir. Después llega un gol y el rugido del estadio entra por la ventana de casa. Hay quien verá solo un partido de fútbol. Yo veo una ciudad reconociéndose a sí misma.
Quizá por eso nunca he entendido a quienes reducen la demolición y la venta de Mestalla a una simple operación urbanística. Porque Mestalla nunca ha sido solo el estadio del Valencia CF. Es uno de los lugares donde València ha aprendido a reconocerse.
En esta tierra de músicos, todos conocemos a alguien que ha tenido el privilegio de pisar ese césped para tocar un pasodoble. Y hasta quienes no somos especialmente futboleros sabemos que hay lugares que forman parte de la biografía colectiva de una ciudad.
Mestalla, además, no llegó a un barrio. En buena medida, el barrio creció alrededor de Mestalla. Dio nombre a toda una zona cuando buena parte de lo que hoy la rodea todavía era huerta. Hay pocas construcciones que expliquen mejor la evolución de València durante el último siglo.
Vicent Molins me resumía el otro día el verdadero debate con una idea brillante: la diferencia entre una ciudad que tiene un estadio para su equipo y un equipo que tiene un proyecto para construir un estadio. Parece un matiz. No lo es. Porque cuando el estadio deja de ser patrimonio para convertirse únicamente en una operación inmobiliaria, algo mucho más profundo empieza a resquebrajarse.
Rafael Chirbes lo entendió antes que casi nadie en Crematorio. Supo ver una forma de mirar el territorio que solo sabe contar metros cuadrados. Una lógica donde el éxito consiste siempre en ocupar un poco más de suelo y donde todo parece tener un precio.
También los lugares donde un pueblo ha construido su memoria. Esto es lo que está en juego: la València que queremos ser dentro de treinta años. Una ciudad donde cada vez más jóvenes se marchan porque no pueden pagar un alquiler y donde la presión turística no deja de crecer. O una ciudad que entiende que conservar espacios como Mestalla ya no es un ejercicio de nostalgia, sino de legítima defensa de aquello que todavía nos hace reconocibles.
Porque las ciudades no empiezan a desaparecer cuando derriban sus edificios. Empiezan a desaparecer cuando olvidamos por qué los levantamos.
Las ciudades no se venden de golpe. Se venden a trozos. Un barrio. Una plaza. Un mercado. Un estadio. Y esa es la pregunta incómoda que deberíamos hacernos antes de celebrar cualquier gran operación urbanística: ¿qué ciudad estaremos construyendo si, para hacerlo, tenemos que ir vendiendo, poco a poco, la València que nos enseñó a sentir que esta ciudad también era nuestra?
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