
La muerte a los 95 años del teniente general Javier Calderón Fernández (Dos Barrios, Toledo, 1931) este viernes en Madrid se lleva consigo algunos de los secretos más importantes de la vida política y militar de la España contemporánea de los que él fue depositario. Y ello, por haber sido primero secretario general y hombre fuerte del Centro Español de Información para la Defensa (Cesid), durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y, posteriormente, entre 1996 y 2001, director de la institución durante el primer Gobierno de José María Aznar. Calderón fue, además, muy amigo de Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez.
Javier Calderón, fallecido este viernes, se lleva consigo los secretos más importantes de la vida política y militar de la España contemporánea
La muerte a los 95 años del teniente general Javier Calderón Fernández (Dos Barrios, Toledo, 1931) este viernes en Madrid se lleva consigo algunos de los secretos más importantes de la vida política y militar de la España contemporánea de los que él fue depositario. Y ello, por haber sido primero secretario general y hombre fuerte del Centro Español de Información para la Defensa (Cesid), durante el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 y, posteriormente, entre 1996 y 2001, director de la institución durante el primer Gobierno de José María Aznar. Calderón fue, además, muy amigo de Manuel Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno con Adolfo Suárez.
Este servicio secreto, junto con otros organismos anteriores a los que Calderón había pertenecido, acopió, contrastó, documentó y gestionó la información de interés estatal para los Gobiernos de España antes, durante y después de la transición política de la dictadura a la democracia. En aquella etapa, el velo del secreto envolvió, con protección legal, los arcanos estatales con el aval de la Ley de Secretos Oficiales, promulgada por las Cortes en 1968, en vida del dictador Francisco Franco, que fue informada por el ponente Torcuato Fernández Miranda, futuro artífice jurídico de la Transición y mentor del futuro presidente Adolfo Suárez. La ley, que, salvo modificaciones diez años después y cierta difusión de algunos episodios el pasado año, continúa vigente, presentaba la particularidad de no incluir plazos de desclasificación de los secretos concernientes a las actividades secretas y confidenciales del Estado que aquellos servicios desplegaban.
Javier Calderón había nacido en una localidad rural toledana donde su padre, propietario rural, sería fusilado por elementos republicanos en el otoño de 1936, en los albores de la Guerra Civil. Cuarto hijo de una familia de seis vástagos, su madre, tras enviudar, se trasladó a Madrid, donde regentaría un estanco por concesión oficial, práctica común entre las viudas de personas afectas al régimen franquista. Desde su mocedad, mostró vocación por las armas y por el estudio, señaladamente disciplinas relacionadas con la Psicología y la Psicotecnia, así como otras vinculadas con la Pedagogía que, con el tiempo, cualificarían su expediente militar, al igual que su cuidada cultura física mediante el deporte.
Su vocación militar le llevó a ingresar en la Academia General Militar, luego en la del arma de Infantería en 1949, donde, adscrito a su VIII Promoción, obtuvo el despacho de teniente en 1953. Uno de sus primeros cometidos lo desarrollaría en un destacamento de alta montaña acuartelado en la localidad oscense de Jaca, al pie de los Pirineos, donde, en un curso pionero de Operaciones Especiales, recibiría instrucción en guerra de guerrillas a manos de instructores denominados boinas verdes, una unidad de élite estadounidense vinculada a las operaciones encubiertas y de lucha contrasubversiva de la Agencia Central de Inteligencia, CIA, principal organización del espionaje estadounidense. La agencia quiso trasladar a España la original táctica de la guerrilla que hostigó a las tropas de Napoleón, la experiencia de lucha contraguerrillera que desde algunos años antes desplegaba con la comunidad montañesa tailandesa Thai, instruida para luchar contra el vietcong comunista en la guerra de Vietnam.
Operaciones especiales
Junto a Javier Calderón participaron en aquellos cursos de Operaciones Especiales militares que, como él mismo, llegarían a escalar a elevados puestos en el generalato militar y en los servicios de Inteligencia en la década anterior a la transición posfranquista. Era el caso de Francisco Quintero, José Ignacio San Martín y José Luis Cortina Prieto, entre otros. Allí aprendieron técnicas básicas de infiltración, espionaje, guerra de guerrillas, contrainteligencia y antiterrorismo, dentro de una estricta atención hacia la formación física y deportiva de los instruidos.
Los nexos del espionaje estadounidense con las Fuerzas Armadas españolas databan de y se incluían en las cláusulas secretas suscritas por Franco en 1953 dentro de los acuerdos firmados entonces con Estados Unidos. Consecutivos gobiernos norteamericanos se mostraban muy preocupados por una hipotética comunistización de Europa Occidental ya antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial.
Todo lo cual llevó a Washington a considerar que los Pirineos eran el valladar orográfico más importante frente a una eventual penetración militar soviética a lo largo de la extensa y prolongada llanura europea, que se extiende desde los Urales en Rusia hasta la costa atlántica vasco-francesa. Según aquel criterio, España gozaba de una envidiable posición estratégica como retaguardia natural de la Europa occidental, además de mostrar sus tres facies a sendos mares, el control del acceso y salida del Mediterráneo en Gibraltar y la plataforma insular de Canarias.
Aquella colaboración político-militar estadounidense y española, hegemonizada por Estados Unidos, se extendería posteriormente al Alto Estado Mayor y al SECED, servicio de Inteligencia creado por el almirante Luis Carrero Blanco, algunos de cuyos integrantes aseguraron para Estados Unidos un flujo continuo de información y de informantes locales desde distintos cuerpos castrenses, incluida la Guardia Civil, cuyos tenientes generales Carlos Iniesta Cano y Andrés Cassinello, recibieron formación en Estados Unidos, este último en Fort Bragg.
Algunos de aquellos cadetes pioneros de la denominada lucha antisubversiva permanecían adscritos al colectivo militar Forja, una asociación castrense de ideología cristiana compuesta por integrantes que se autoconcideraban “mitad monjes, mitad soldados”. Se inspiraban en textos de Pierre Teilhard de Chardin y Jean Marie de Buck. En Forja jugaría un papel destacado su cofundador, el jesuita José María Llanos, que había pertenecido inicialmente al círculo de Francisco Franco y, en una sorprendente evolución ideológica, acabaría dos décadas después integrado en el Partido Comunista de España y en el sindicato clandestino Comisiones Obreras. De aquel grupo, regido por Luis Pinilla, futuro director de la Academia Militar de Zaragoza, formaría parte Javier Calderón, más los futuros generales José Faura, Santiago Bastos, Juan María Peñaranda y el coronel José Ignacio San Martín, posteriormente implicado en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. También se integró en el grupo José Luis Cortina, “uña y carne” de Javier Calderón, según subordinados de ambos.
En su relación continuada con los servicios de inteligencia estadounidenses, fueron asimismo partícipes de la creación del denominado Gabinete de Orientación y Documentación, Sociedad Anónima, GODSA, que junto al ministro falangista y diplomático Manuel Fraga Iribarne, vertebrarían el partido político Alianza Popular, organización matriz del Partido Popular.
Servicios secretos en España adoptaron distintas configuraciones que evolucionaron orgánicamente y en las cuales Javier Calderón desempeñaría distintos cometidos: la Organización Contrasubversiva Nacional, creada en 1968 a instancias del ministro de Educación, José Luis Villar Palasí para atajar la “subversión estudiantil” antifranquista; el Servicio Central de Documentación de Presidencia, SECED, creado por Carrero Blanco en 1972; el Centro Superior de Información de la Defensa, Cesid en 1977. En su seno progresarían, hasta el generalato, integrantes como el propio Javier Calderón, que colaboró con ellos acompasadamente a sus ascensos como teniente, capitán, comandante y teniente coronel del Arma de Infantería, especialista en inteligencia y lucha antisubversiva.
Cuando Calderón, ya con rango de teniente coronel, fue promovido a la Secretaría General del Cesid, al mando formal del coronel de Infantería de Marina Narciso Carreras, pero al mando efectivo suyo, el 23 de febrero de 1981 sobrevino el intento de golpe de Estado, protagonizado con el secuestro a mano armada del Congreso de los Diputados por el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero y codirigido por el capitán general de la III Región Militar, Jaime Milans del Bosch, y el mentor e instructor del rey Juan Carlos, general Alfonso Armada.
Varios agentes de aquel servicio secreto fueron denunciados ante Calderón por otros agentes, como el capitán Diego Camacho y el suboficial Juan Rando Parra, miembros de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales, AOME, adscrita al Cesid. Aquel grupo estuvo coordinado por José Luis Cortina, nombrado, subordinado y estrechamente unido a Javier Calderón. Cortina había sido responsable de la seguridad personal del almirante Carrero Blanco, por el SECED, cuando fue asesinado por ETA el 20 de noviembre de 1973 en Madrid.
La presencia de agentes del Cesid en los preparativos del golpe de febrero de 1981 fue denunciada por promover tareas de apoyo real a los golpistas, con intencionalidades que no han sido del todo aclaradas en la reciente desclasificación de algunos, escasos, documentos sobre aquellos hechos. Sin embargo, José Luis Cortina sería el único de los supuestos conjurados de más rango de aquella intentona golpista que resultaría absuelto al no quedar probada su participación en el golpe, según dictaminó el tribunal militar que juzgó a los implicados. A diferencia de sus compañeros de Forja y Operaciones Especiales, él no ascendería al generalato, pese a las presiones internacionales sobre el ministro de Defensa socialista, Narcís Serra, para que lo ascendiera. Meses después, el padre de Cortina moriría en un incendio provocado supuestamente por unos ladrones en su domicilio del madrileño Parque de las Avenidas.
Cuando accedió a la dirección del Cesid en 1996, ascenso que le fue comunicado por el Rey durante el primer mandato presidencial de José María Aznar, dirigente del Partido Popular, Calderón, entonces responsable, en vísperas de la reorganización del servicio, sometió a unos 2.000 agentes a una prueba de capacitación que no sería superada por 68 de aquellos. Entre los excluidos figuraban los tres agentes del AOME, Camacho y Rando, que denunciaron la supuesta participación del Cesid en el golpe de febrero de 1981. Asimismo, de aquella prueba resultaría excluida la archivera que, catorce años después del golpe, facilitó a Calderón los documentos secretos sobre aquellos hechos. Fuentes del AOME señalan que Calderón recibió instrucciones áulicas para deshacerse de documentación concerniente a los sucesos de febrero de 1981.
El teniente general Javier Calderón era padre de dos hijos y una hija. Su hija Beatriz seguiría sus pasos en el servicio secreto, destinada a misiones en América Central. El teniente general fallecido vivía en la calle de Modesto Lafuente y tenía una segunda residencia, donde pasaba la mayor parte de su tiempo, en la urbanización La Berzosa, cerca de Hoyo de Manzanares, donde era muy estimado. Persona de trato afable, muy educado, “jugador de mus y dominó no muy bueno”, según bromeaban sus convecinos, era un conversador ameno sobre múltiples temas, a excepción de los concernientes a sus actividades secretas.
Feed MRSS-S Noticias
